Lazos
Hace tiempo me he cuestionado esa necesidad de algunos medios de abarcarlo todo porque en ello está la posibilidad de tener más. Sea audiencia, sea dinero, sea el número de clics en el home, estos medios (independientes y masivos) muestran una gran necesidad de diversificarse para atraer cuanto se pueda. Ahora, si se dice que este proyecto está dedicado en exclusivo al metal y no al rock, quizás (muy seguramente) algunos sentirán cierto escozor. Esta separación se hace de manera tan natural como evidente por una sola razón, para nada malintencionada: desde la dirección la propuesta ha sido siempre que este sea un espacio para el género extremo; un medio especializado que se la juega por una propuesta: difundir metal porque se escucha metal. Punto. Ahora, no se trata de desconocer las raíces del género ni se pretende caer en los mal nombrados radicalismos. Nadie puede condenar que acá no se publique una nota sobre rap o vallenato. Nadie se ha molestado, o por lo menos nunca lo han hecho saber a este medio; entonces no hay por qué lanzar un grito herido cuando es necesario encauzarse: no se habla de rock ni de rockcito, ni de jazz ni de blues. Es un lugar para el metal porque se proponen conciertos de metal, reseñas de metal, artículos alrededor del metal, bandas que hacen metal. También es común observar que pocos –casi nadie– acuden a señalar las notorias divisiones entre géneros porque sienten que así caerá sobre ellos el nada bien recibido estandarte de radical. Ignoran ellos, y muchos más, que la palabra alude a algo básico y nada fundamentalista (acudo a la Real Academia Española): “del latín. radix, -īcis, raíz”. ¿De dónde surgió entonces esa carga negativista? Muy seguramente de la desinformación, por el simple y plano desconocimiento –eso es lo que queremos creer. Nada tiene de malo que alguien escuche metal y escuche rock al mismo tiempo. Tampoco es malo que alguien solo escuche metal, y menos aún que escuche especialmente el death, o el thrash, o el heavy, etcétera. Menos malo será que acá solo hablemos de metal y que haya muchos espacios que hablen de rock, de metal, de punk, de rock pop, todo junto o por separado. Es ahora común escuchar acerca de los rockstars colombianos, la música llanera con aire de rock, y también con influencias del tango, de su mezcla con el vallenato, su suave y acompasado currulao que da vida al son de los ritmos rockerísimos. Mixturas pues que quieren expresar mucho pero que se quedan en las estroboscópicas parafernalias del shock, del éxito de fin de año. Y para todos se han venido dando los espacios, claro. Ahora El Tiempo y su apéndice Vive.in, Shock, El Espectador y otros variopintos medios “independientes” abren sus estrechas columnas para estas expresiones. Se generan también nuevas categorías en los premios, nuevos medios, más programas, más zonas de descarga, más pauta y más luces y estrellas y flashes para cada uno. Viendo este río desorientado, el dique quebrado, la fuerza descomunal y arrasadora e insoslayable que nos inunda en la era de la revolucionaria Internet, se hace necesario conservar algo de especialidad, de enfoque sin maquillajes, sin traumatismos y con menos eufemismos. Llegar a la especialidad se hace necesario ante el ruido y la desinformación, aun corriendo el riesgo de quedar solo con tres o con treinta (el poder de la inmensa minoría), pero garantizándole a ellos que acá no habrá bullaranga, ni el rifi-rafe entre mercado-pauta-ingresos-egresos, y tampoco miedos, pues si bien hay plena conciencia de que a la historia le debemos los instrumentos, los ritmos, la conciencia social, la mirada inusual, está también la necesidad de no quedarse viviendo del pasado, dado que corremos el riesgo de convertirnos en rehenes de él.
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